Esta semana la ha pasado fuera de mi ciudad, en un pequeño pueblo de la costa onubense. Es una zona con casas de playa, en verano llena de vida y de ruido, pero ahora ni siquiera quedan los famosos "cuatro gatos". El sonido más dominante es el del mar y estás obligado a "sufrirlo" mientras comes una dieta forzosa de pescado que hasta hace unas horas estaba jugando con sus amigos en el mar.

El pueblo ha quedado como un ghost town (un pueblo de fantasmas), me dicen que hay un par de miles de personas en el padrón pero a mi me parece que es un par de cientos. Así, se nota cada persona y, así, cuando llega un autobús prácticamente lleno de extranjeros el ámbito cambió radicalmente. Supongo que no es nada raro: la playa aquí es la mejor más cerca de la ciudad y con el nuevo semestre universitario viene la nueva ola de guiris a descubrir la playa. Las terrazas abiertas ven customers con sonrisas: hoy si ha valido la pena abrir.

Las conversaciones en seguida fueron más divertidas, vamos por conversaciones quiero decir la pantomima, el mimo callejero. Parece que al final no es tan frecuente que vengan los guiris o por lo menos aún nadie está preparado. Ellos hablaban inglés y alemán, los camareros onubenses su castellano particular. Al recibir una comanda para 4 personas de una dorado del tamaño dem un niño, el camarero pasa diciendo “vamos, qué bien vendo, qué bien me vendría hablar inglés.

Y es cierto. Él y otros muchos podrían vender mejor y más, si no hubiera esta tradicional cerrazón hacia los idiomas extranjeros. La gente de pueblo rara vez viaja, por eso no aprenden idiomas. Pero en la costa los idiomas viajan hacia ti. Y para entender y para salir lo primero es dominar la lengua de los otros, la que no hablan en tu mismo pueblo, ni en el de al lado, ni en tu capital de provincia.

Después de todo qué ha hecho la Junta de Andalucía y el Gobierno central para convertir a nuestros hijos en bilingües, seguimos con problemas al intentar comunicarnos con los extranjeros que nos visitan y nos dejan una gran parte del producto interior bruto del país. Después de diez años de Erasmus, ayudas MEC y subvenciones para aprender idiomas y becas del Ministerio de Educación para viajar, seguimos con jóvenes camareros universitarios a los que les cuesta vender un pescado que con su pinta, se vende sólo.

Quizás el problema no es sólo aprender idiomas, sino cambiar la mentalidad. Porque para muchos andaluces, la idea de que mi villorrio es el mejor del mundo y de que en la mesa de mamá se come como en ninguna parte, es la idea dominante, la que les impide aprovechar las oportunidades que hay en el mundo. La que les impide abandonar la comodidad del hogar para enfrentarse a cielos desconocidos.